4 enero 2012

Cómo el indie salvó nuestras vidas

Posted in Uncategorized a 11:34 por objetivolima


Ésta quiere ser mi pequeña aportación al inexistente debate abierto por Víctor Peña en uno de sus múltiples blogs. Debate afilado y pulido durante años y bares en colaboración con otro insigne blogger y amante del pop, pop, pop: Sarkis Díaz, que a pesar de escribir un blog de fútbol es considerado por mí (y algún incauto más tal vez) como una autoridad en indie patrio.

Queridos míos,

Que sería de las barras de bar si no hubiera etiquetas, géneros y adjetivos.

Yo quería hacer sesudas reflexiones sobre lo que es (o deja de ser) el indie, aportar elementos de juicio a este debate como buen tertuliano y al final lo que me ha salido es la historia de mi vida, quizás de la vuestra, puede que de la de muchos. Es una historia horrible y dice así:

El punk es una actitud, nos repetíamos a nosotros mismos todos aquellos que nos sentíamos atraídos por ese incierto espíritu rebelde y ciertamente frenético que quería (y quizás consiguió) representar. Nos gustaba parte de su música y nos gustaban, sobre todo, sus bares, pero nunca tuvimos la convicción suficiente para romper la baraja y presentarnos en casa con mallas, cresta, o cualquier otro de los accesorios incluidos en el paquete. Ni siquiera nos atrevimos a sacar malas notas.

Acuciados como estábamos por la posibilidad de que lo nuestro no fuera más que un juego de niños medio bien tuvimos que concluir que aquello del punk era, como digo, una actitud. No hacía falta vestir ropajes extravagantes, ni pasarse media tarde frotándose el pelo con jabón lagarto, ni siquiera teníamos que consumir un speed de ínfima calidad. En nuestro pequeño corazón, nosotros éramos tan punkies como el que más. Aquello, claro, no podía durar y casi en seguida tiramos por el rock. Rock nacional primero, anglosajón después y vuelta al nacional por último. Pero el rock tiene un grave problema que no tiene el indie: está mucho más acotado. Todo el mundo sabe lo que es y, antes o después, terminas escuchándolo todo. Vale, ahora poned el grito en el cielo durante unos minutos por esta última afirmación y después continuad leyendo.

Total, que qué es el indie y sobre todo, maldito loco, por qué te atreves a afirmar que salvó nuestras vidas.

Porque después llegó la universidad, había chicas guapas, te compraste un par de poemarios y empezaste a usar tu no demasiado atlético pero todavía joven torso para emitir señales, mensajes y bobadas en forma de camisetas. Fueron éstas, precisamente, las que terminaron por cerrar tu etapa más punkie: un punki no necesita comunicarle al mundo que no es un número, recomendarle que mate a sus ídolos o enseñarle el último grafitti genial de Bansky. En su pasividad radica su fuerza y tú eres un tipo activo, te gusta salir, hacer cosas, meterte en camisas de once varas…

Sin darte cuenta te has convertido en un cultureta. ¿Cómo me ha podido pasar esto a mí? te preguntarás, ¿no lo era ya en el insti?, ¿tiene cura?, ¿me hace más gordo?. Tranquilo muchacho, no todo es tan malo como parece. Es cierto que no se ha encontrado cura por el momento y que sí, te hace más gordo, es hasta posible que te eches una novia normal y ninguno de los dos os merezcáis esto pero, por el amor de dios, nos criamos en los noventa, ¿qué esperabais?

En fin, que empezaron a cansarte las letras sociales y reivindicativas de Reincidentes (aunque aún las escuches muy de vez en cuando con emoción calimochera), te aburriste del rock clásico (vale, quedaron Keith Richards y cuatro más pero no me vengas ahora con que escuchas a los Byrds, a los Who y a su puta madre porque eso no se lo cree nadie, ni siquiera en estos tiempos de Spotify en que los tienes a un click de ratón). El pop ni está ni se le espera, por supuesto, y nadie va a tenerte en cuenta que canturrearas alguna canción de Amaral en aquel garito para demostrarle a esa chica que te la sabías. Lo de Duncan Dhu y Mecano suena hasta entrañable, no te preocupes.

Lo que quiero decir es que el indie nos permitió comprar la ropa que queríamos, una ropa que expresa lo que sentimos pero sin dañar la vista de nuestros padres ni hacerles quedar mal cuando se reúnen con sus amigos a tomar unos chatos y que nos llevó directamente a escuchar canciones que hablaban de las tribulaciones de nuestro pequeño corazoncito usando esos versos tan ingeniosos de la nueva y joven (siempre joven) poesía española. A veces hasta conseguimos que una chica se acercara, sonriera y nos dijera: me gusta tu camiseta. Ahora ya no se acercan, con suerte le dan al botón de “Me gusta” en Facebook, pero en nuestra adolescencia tardía lo hicieron y eso es lo importante.

Os hablo de camisetas porque la música indie no existe, sólo existen los indies como personas individuales. En cuanto a lo que conocemos por música indie zanjaremos aquí la cuestión diciendo que se trata de grupos que parten de bases de rock ligero y pop y que suelen incluir toques electrónicos aquí y allá: quizás existan indies sin un Mac pero yo, desde luego, no quiero saberlo. Ellos se empeñan en hacer dos cosas fundamentalmente: 1) poner su voz a la altura de los demás instrumentos y 2) y menos habitual: intentar ser creativos y hacer algo diferente. Es decir, partir de las bases citadas e intentar darles una vuelta de tuerca. Algunos, muy pocos, crean su propio género (Radiohead) y terminan teniendo éxito por sus propios caminos y medios; para los otros, la inmensa mayoría, el indie es la historia de una frustración: o bien le dan al público lo que quiere (un estribillo y que la voz se escuche con nitidez) o sacan un single comercial con la esperanza de que esta canción lleve a algún incauto a escuchar el disco entero y hacerse fan. El indie es insostenible a largo plazo: al final uno termina teniendo hijos y comprando una casa, y eso vale dinero. Puede ser una etapa de tu carrera pero difícilmente se convertirá en tu vida. Hay tres opciones: tirar por el rock, tirar por el pop o disolverse y pasarte la vida haciéndote la víctima y achacando todas tus desgracias al bajo nivel musical del populacho.

Llegamos a la conclusión, pues, de que el indie somos nosotros. Los que no encajamos en el punk pero queríamos algo alejado del mainstream y que no nos obligara a tantos sacrificios como a nuestros amigos con cresta, los que necesitamos algo que nos haga sentir diferentes a la audiencia de Telecinco pero no queremos que nos pongan la cabeza loca con gritos (ni punkis, ni deluxe) o distorsiones forzadas (ya sean de guitarra o de la voz de Jorge Javier) y valoramos que las letras hayan sido releídas dos o tres veces antes de atreverse a grabarlas, los que nunca bailábamos en los bares y nos dedicábamos a otear el horizonte y clasificar la fauna baretera, esto es, a mirar culos mientras nos emborrachábamos en la soledad de nuestro grupo. Los herederos directos (moldeados en el yunque de la universidad) de aquellos quinceañeros que se dedicaban a pontificar sobre cuál era el mejor directo del rock español, si Algazara, Hay alguien ahí, Siempre hay una historia o Iros todos a tomar por culo. Y las camisetas, sobre todo las camisetas.

Eso, y que somos ligeros, blanditos y autopoéticos. Con perdón.

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